Es cosa sabida por cualquiera que
se dignara a pasarse en su momento por una de las asambleas del 15M
que los debates sobre qué es y qué no es violencia tendían a alargarse ad
eternum y, por consiguiente, terminaban sin consenso, aunque siempre con la
rara satisfacción de haber tenido la oportunidad de expresarte sin haber sido
juzgado y, ojo al dato, de haber sido escuchado por gente que quizás no
comparta tu punto de vista. Pero las asambleas del 15M eran eso: asambleas.
Reuniones de gente que pretendía realizar grandes cambios sin ningún medio más
que el clamor popular (que dices “pues oye, como que ya debería bastar”, pues
no). Fuera del 15M sólo somos personas con más o menos ganar de dar un vuelco a
la situación en la que nos vemos sometidos, algunos estábamos de acuerdo con la
premisa de que cualquier molestia, por mínima que fuera, a las estructuras del
estado eran un ejercicio violento y otros estábamos de acuerdo con que tirar
globos con pintura a los diputados a la salida del Parlament era sólo una forma
muy bonita de no tirar piedras.
Cosa nuestra es, pues, evaluar y
juzgar lo que nos parece o no una línea roja. Hay gente convencida de que los
escraches que se están llevando a cabo contra cargos públicos favorables a la
precaria situación de desesperación hipotecaria que vivimos es un ejercicio que
vulnera los derechos humanos de dichos cargos. No voy a entrar en ese debate,
entre otras cosas, porque creo que mi postura es de sobra conocida. Sí voy a
entrar, no obstante, al trapo con ciertas declaraciones de cierta Delegada del Gobierno
en Madrid, que vinculó a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca con ideales
proetarras a causa de que una PAH del País Vasco acudió en apoyo a una
manifestación en favor del acercamiento de presos (causa que me parece
totalmente loable, por otra parte, que el crimen de alguien tenga o no que ver
con ideales políticos o con una u otra organización no tendría que ser constitutivo
de exclusión por parte del sistema judicial ni debería causar un trato especial
en los centros penitenciarios, ni Rato en una celda de lujo ni Josu Ternera en
una cárcel a tomar por culo). Se ha tachado de fascista el escrache, se ha
tachado de violento, se ha pretendido que sea constitutivo de delito y se ha ordenado
a los cuerpos policiales la identificación de cualquier ciudadano que participe
en uno de estos actos pacíficos que no hacen más que acercar la definición del
problema al causante del mismo o a aquel
que no quiere ponerle solución aunque podría hacerlo. Ahí sí que entro, porque
creo que la estrategia de la criminalización, a estas alturas, puede resultar
peligrosa para según qué estratos sociales muy bien ubicados y con el fantasma
de ETA siempre en la punta de la lengua.
Vivimos en un estado presuntamente
democrático. Esto debería significar que tenemos derecho a elegir
representantes y a despedirlos si no cumplen con lo que han prometido. Harto sabido
es que esto no es así, que tenemos que contentarnos con cuatro malas opciones
de las cuales sólo dos tienen probabilidades de llegar al poder y que en cuanto
llegan a ostentarlo, se pasan por el arrugado forro de sus partes impúdicas
todo lo que nos habían prometido para beneficiar a los que realmente mandan que
son, ni más ni menos y por casualidad (no quisiera ser malpensado e insinuar
que existe algún tipo de vínculo entre una cosa y otra) los que también
controlan el dinero. Esto significa que la gente, los ciudadanos de a pie, estamos
en un continuo y creciente cabreo que, a estas alturas ya, ni el fútbol acaba
de mitigar, con lo que ha sido este país en lo que a esa materia se refiere.
También tenemos cada vez menos que perder y, por tanto, cada vez más motivos
para salir a la calle a pedir lo que es nuestro. Las sentadas están bien, si
sirven para algo. Las concentraciones están bien, si llaman realmente la atención.
Las manifestaciones molan, si alguien se da por aludido. Las caceroladas hacen
mucho ruido si alguien las escucha. Ante la incapacidad para expresarnos,
acabamos recurriendo al siguiente paso, para probar suerte, aunque con cada vez
menos esperanza y, por tanto, más frustración y rabia.
Hace algún tiempo se ilegalizó la
resistencia pasiva, poniéndola a la misma altura que la violenta. Eso me hizo
reflexionar mucho y llegué a la conclusión que si un policía me está golpeando
sin motivo y por placer y para mí existen las mismas consecuencias legales al darle
una flor que al aplastarle un ladrillo en la cabeza, puestos a elegir, pues tal
vez acabe contentándome con la segunda, que por lo menos, manda un mensaje algo
más contundente y no hace falta arrancar ninguna flor que tampoco ha hecho daño
alguno.
Criminalizando el escrache van a
conseguir algo semejante. Si pegar pegatinas y gritar ante la casa de González
Pons va a tener las mismas consecuencias que joderle a pedradas sus ventanas, y
puestos a elegir… Creo que estamos en un punto en que gran parte de la
ciudadanía estaría dispuesta a entender ciertas medidas extremas.
Esto no quiere decir en ningún
caso que yo sea favorable a ejercer la violencia contra nadie ni contra nada
(aunque sigo sin entender por qué a estas alturas no hay un montón de picas con
cabezas clavadas en ellas enfrente del Congreso de los Diputados), lo que
quiere decir es que si nos llamáis terroristas y nos tratáis como a tales, tal
vez al final la contención de esta ira, de esta rabia totalmente justificada no
salga a cuenta. Y la gente que se dedica a mitigar las ansias de violencia de
ciertos manifestantes para evitar esa criminalización, al ver que no importa si
se ejerce o no la violencia para tacharlos de poco menos que de etarras (o de etarras
directamente, qué diantres), no lo harán. Y no va a hacer falta que sean ellos
los que incendien un ayuntamiento, simplemente van a dejar de hacer presión
para que eso no sea así. Es por eso que quisiera lanzar una advertencia (que no
amenaza) a aquellos políticos, periodistas o simplemente tontolhabas que tachan
de terrorismo aquello que, en realidad, es la única fuerza que combate el
auténtico terrorismo de estado ejercido en favor de la santa madre banca de que
la paciencia del populacho tiene un límite. Importa el mensaje y por eso nos
portamos bien, porque queremos que todo el mundo se sienta cómodo con nuestros
métodos, porque la voluntad de la mayoría nos preocupa, porque somos la
ciudadanía al completo, y no ciudadanos individuales los que estamos en contra
de ciertas actitudes. En cuanto el pueblo se advierta a sí mismo como un
terrorista, tal vez empiece a actuar
como tal. Y el escrache es, en definitiva, una cacerolada en la puerta de
vuestras casas. Seguid comparándolo con la violencia y el terror y tal vez
acabéis sintiendo el terror de la violencia.
No seré yo el que lo haga, desde luego,
pero corréis el riesgo de que un día, un ciudadano parado al que acaban de
desahuciar, al que el gobierno ha dado la espalda, al que la policía ha
golpeado para sacarlo a rastras de su casa, al que se le ha negado ayuda alguna
para no tener que verse forzado a vivir bajo un puente, tenga que tomar una
decisión desesperada y que, esta vez, no sea ahorcarse en un parque o quemarse
a lo bonzo delante del ayuntamiento de su ciudad. Puede que, por una vez, la
decisión de este ciudadano desesperado sea ubicar una bala en la sien de los responsables
de su caída en desgracia. Y ese momento lo estáis forzando vosotros.

